49 a.C. En tiempos de los romanos, el río Rubicon marcaba el límite entre Italia y Galia. Por ley, ningún general del imperio podia cruzarlo con su ejército en armas, pues así la ciudad -y el imperio- se protegía de amenazas militares.
Roma era la ciudad más poderosa del mundo. Para esa época, los romanos habían conquistado todos los países e islas del norte del Mar Mediterráneo, Asia y Africa. Al finalizar el imperio, habían conquistado parte de las principales ciudades del siglo XXI como Inglaterra, Francia, España, Portugal, Bulgaria, Macedonia, Turquía, Israel, Libano, Siria, Bagdad, Egipto, Libia, Tunez y Marruecos.
Cayo Julio César, general del imperio romano, se había convertido en el héroe de Roma. Durante más de nueve años, César y su ejército, habían servido lealmente a Roma. No obstante, Pompeyo -enemigo acérrimo de Julio Cesar- vio en la popularidad del general el inminente nombramiento como cónsul del imperio, por lo que sometió al senado a enviar a Cesar la orden de abandonar a su ejército y regresar a Roma de inmediato.
César sabía lo que esto significaba: Si entraba a Roma solo, sus enemigos levantarían falsas acusaciones contra él. Lo juzgarían por traición e impedirían que lo eligieran cónsul.
La noche del 12 de enero Cayo Julio Cesar, dio la orden a sus tropas de cruzar el Rubicon. De no cruzarlo, se mantendría el statu quo, pero de cruzarlo, el destino de Roma, del imperio y el propio, cambiarían radicalmente.
Desde ese momento, el cruzar el Rubicon se le considera cruzar los miedos ante decisiones arriesgadas, separadas por un estrecho río que representa la seguridad de tus actos en el presente y la libertad absoluta para siempre.